jueves, 24 de abril de 2014

Hispanoamérica y Estados Unidos en Cien años de Soledad.



Autora: Nehomaris Sucre




Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.
Gabriel García Márquez


Indudablemente, tal como lo señala Méndez (2000:103), existen motivos extraliterarios que han hecho de la novela “Cien Años de Soledad” el libro latinoamericano que ha obtenido mayor acogida en el mundo. Las razones a las que se refiere el autor son: en primer lugar el hecho de que la obra llega en pleno florecimiento del “boom” latinoamericano y su circulación en el mercado hispanoparlante encarnó el período cumbre de este fenómeno sociológico-mercantil. En segundo lugar, su publicación concurre con una fase de gran agitación política y social en toda América y con el despliegue de una búsqueda de identidad latinoamericana la cual halló en García Márquez uno de sus cimientos culturales. 

Para Méndez (Ídem) la conmoción política y social que se da en la región a mediados de la década del setenta no debe entenderse como un suceso periférico, cuya única correspondencia con la novela es fundar un interés que produce público. Más que un empuje para su venta y divulgación, la coyuntura política y social que vive Hispanoamérica cuando surge Cien años de Soledad es: “materia prima para su elaboración imaginaria, es tensión forjadora de argumentos, estructura dinámica y significativa, cuestionamiento histórico y sociológico, respuesta estética y literaria”.

A todas luces, Cien Años de Soledad figura como una de las obras literarias del Siglo XX que más se acercó hacia la descripción y puesta al desnudo de aquellos elementos que componen la idiosincrasia hispanoamericana con todo y los matices de esta. De modo que en la novela podemos encontrar –planteada desde el realismo mágico- la complejidad de elementos que integran la historia y el día a día de la región. 

En la novela encontramos desde personajes que en esencia se parecen mucho a nuestros hombres y mujeres de Hispanoamérica, hasta pueblos, gobiernos y guerras que en gran medida se asemejan a los que por años se han desarrollado en la región. 

El Macondo de García Márquez mucho se parece a nuestra sociedad, con sus intentos de “progreso” que finalmente –por su mala implementación- no hacen más que traer problemas, también se asemeja en sus parrandas y creencias religiosas, mayormente católicas y en su constante desorden institucional donde la continuidad no es su punto fuerte.

Además Macondo e Hispanoamérica se parecen en la dinámica de vida familiar que se da en el seno de ambas, podremos apreciar en Macondo a la familia Buendía, con sus Aurelianos mujeriegos, desentendidos en ocasiones de sus deberes paternales y fieles participantes de la vida pública, también nos topamos con  Úrsula y Amaranta amas de casa, desamarradas de la política y dadas por completo a la dirección del hogar y a la crianza de los infantes de la familia.

También mucho se parece Macondo a Hispanoamérica por la influencia que ambas han recibido de los Estados Unidos de Norteamérica desde donde llegaron emisarios que con fines económicos establecieron su domino en ambos territorios. 

En esa dirección, perseguimos describir la similitud del influjo estadounidense en parte de la trama de Cien Años de Soledad y en la historia de nuestra región.  Para esto nos asiremos de citas textuales y episodios donde García Márquez nos pone al descubierto la vida de los norteamericanos en Macondo, así como de hechos históricos reales de Hispanoamérica en los que la presencia de sus vecinos del norte marcaron la diferencia. 

            A Macondo los gringos llegaron en medio de un proceso de modernización tecnológica impulsada por Aureliano Triste, quien llevo al pueblo novedosas invenciones, entre las que destacan el cine, el teléfono, la bombilla eléctrica y el tren. Para ese entonces es cuando aparece Mr. Herbert (García Márquez, 1974: 194-195) un norteamericano dedicado al negocio de los globos cautivos, empresa que le había generado jugosas ganancias en otros lugares del mundo, pero que en Macondo no había atraído la atención, puesto que los pueblerinos le consideraban otro invento alocado de los gitanos, seres que en otros tiempos le habían provisto de artilugios que por el uso equivocado que le dieron los “Macondienses” se volvieron fuente de problemas. 

             García Márquez (Ibídem: 196)  nos narra que Mr. Herbert estaba a punto de irse tras el fracaso de su empresa, cuando conoció a Aureliano Segundo, quien con la calidez que caracteriza al  hispanoamericano, se lo llevó a su casa luego de encontrarlo protestando por la falta de habitaciones en el Hotel del pueblo. Fue entonces cuando  ya en casa de la familia  este forastero probó los bananos cosechados en el pueblo y extasiado por su delicioso sabor los examinó minuciosamente, acto seguido, días después un tropel de expertos estadounidenses (agrónomos, hidrólogos, topógrafos, etc.) estaban realizando estudios en las tierras de Macondo y cuando ni siquiera los lugareños habían alcanzado a preguntarse qué estaba pasando ya había todo un campamento de forasteros que venían de todo el mundo trasladados en el tren y se ponía en marcha una empresa bananera cuyos dueños eran gringos. 

            El autor (Ibídem: 197)  nos cuenta que por un lado se fundó un campamento de casitas hechas de madera con techo de zinc donde habitaban  extranjeros heterogéneos  y por el otro un sector cercado por una malla metálica a semejanza de un gallinero electrificado con casas donde vivían los norteamericanos, quienes “dotados de recursos que en otra época estuvieron reservados a la divina providencia, modificaron el régimen de las lluvias, apresuraron el ciclo de cosechas, y quitaron el río de donde estuvo siempre…”  denotando esto el gran manejo técnico-científico que desplegaron los estadounidenses a fin de hacer más productivas las tierras de las cuales se estaban usufructuando.

            Todo esto nos recuerda a los casos de las empresas bananeras –y tantas otras- en nuestra región, cuyos medios de producción estaban en manos de empresarios norteamericanos que aprovechando la calidad de la tierra obtuvieron jugosas ganancias de ella. Todo gracias a su buen manejo económico-estratégico. Lo mismo sucedió con el petróleo, en países como Venezuela donde empresarios norteamericanos acompañados de sus maquinarias y su personal técnico de dirección bien capacitado explotaron por décadas este recurso y se enriquecieron a costas de la desidia de quienes ignorando la riqueza que guarda su suelo solo les quedó trabajar como peones. 

En Hispanoamérica si bien se tienen los recursos naturales, se ha carecido de capacitación técnica y visión estratégica que permita sacarles el correcto provecho. Históricamente los gobiernos de la región no se han dedicado a fomentar la industria nacional, sino que se han limitado a la exportación de materias primas y a la concesión de tierras.

A estas alturas cabe traer a colación la célebre novela “Oficina Nº 1” del escritor venezolano Miguel Otero Silva (2006), donde al igual que en Cien Años de Soledad, un grupo de norteamericanos establece su empresa en el pueblo, atrayendo consigo a forasteros de otros países, lo cual a la larga se ha visto realmente en Hispanoamérica, siendo parte de su desarrollo histórico y permitiendo el intercambio cultural e intensificando el mestizaje que desde épocas coloniales se viene llevando a cabo. Finalmente la participación de los forasteros en nuestra región, nos ha permitido definirnos y redefinirnos, formarnos y reformarnos, siendo imposible hoy día hablar de Hispanoamérica sin mencionar a su vecino Estados Unidos. Tanto así que hasta nuestros más celebres literatos han tenido en cuenta este fenómeno sociológico.

Bajo este contexto García Márquez (Ibídem: 205-206) nos relata las reacciones del coronel Aureliano Buendía, hombre de andanzas belicosas quien:

Desde que vio al señor Brown en el primer automóvil que llegó a Macondo –un convertible anaranjado que espantaba a los perros con sus ladridos-, el viejo guerrero se indigno con los serviles aspavientos de la gente, y se dio cuenta de que algo había cambiado en la índole de los hombres desde los tiempos en que abandonaban mujeres e hijos y se echaban una escopeta al hombro para irse a la guerra. Las autoridades locales, después del armisticio de Neerlandia, eran alcaldes sin iniciativa, jueces decorativos, escogidos entre los pacíficos y cansados conservadores de Macondo. “Este es un régimen de pobres diablos” comentaba el coronel Aureliano Buendía cuando veía pasar a los policías descalzos armados de bolillos de palo. “Hicimos tantas guerras, y todo para que no nos pintaran la casa de azul”. Cuando llegó la compañía bananera sin embargo, lo funcionarios locales fueron sustituidos por forasteros autoritarios, que el señor Brown se llevó a vivir al gallinero electrificado, para que gozaran, según explicó, de la dignidad que correspondía a su investidura, y no padecieran del calor y los mosquitos y las incomodidades y privaciones del pueblo. Los antiguos policías fueron reemplazados por sicarios de machete.

            Todo esto nos habla de aquella historia que se ha repetido tantas veces en nuestra región: en principio gobiernos ineficientes a los cuales les resulta difícil mantener el orden institucional, luego extranjeros con poder económico son quienes pasan a  dirigirnos en los político por medio de aquellos a quienes compran con dinero y comodidades, siendo lo único seguro en ambas ocasiones es que el pueblo saldrá desfavorecido. 

            En todo esto lo malo no son las potencias foráneas y sus deseos de poder y expansión económica, sino la debilidad propia que nos ha impedido como región desarrollarnos y hacerle frente a las pretensiones de los más fuertes.

            La falta de seriedad institucional, de orden y de continuidad ha hecho de Hispanoamérica una región vulnerable ante la astucia estadounidense que ha logrado fructificarse y servirse de las bondades que en cuanto a recursos naturales posee nuestra región.

            Con todo esto no queremos hacer ver –ni tenemos- necesidad de asirnos de la Teoría del Centro y de la Periferia para explicar el andar histórico Hispanoamérica, no hemos pretendido hasta ahora mostrar dependencia de la región hacia Norteamérica, pues consideramos que a la luz de “Cien Años de Soledad” –que es lo que nos ocupa- esto no viene al caso, sin embargo y para aclarar, hasta ahora solo hemos querido dejar sentado que entre Hispanoamérica y Estados Unidos se ha dado una intensa relación en la que el más desarrollado se ha visto beneficiado en un juego generalmente suma variable, sobre todo durante el siglo XX, vinculo que permite entender lo que somos hoy día y del mismo modo nos dirigen hacia la reflexión de que tan sagaces han sido nuestros gobiernos en la dirección de la política exterior donde tantas veces se han descuidado nuestros intereses, por ir tras beneficios pasajeros para las elites gobernantes de turno y  medidas cortoplacistas para el pueblo a quien finalmente no se le ha sacado del profundo estado de pobreza en el que se ha encontrado sumido por tanto tiempo. 

            En el caso de la bananera de Cien Años de Soledad, los lugareños de Macondo pudieron encontrar trabajo en estas y con eso tal vez subsanar algunos de sus problemas, no obstante los grandes ganadores del asunto fueron los estadounidenses dueños de la compañía, quienes se constituyeron en los amos de esas tierras.

Por otra parte, en la novela se narra también una huelga de trabajadores cuyas similitudes nos recuerdan a la masacre de las bananeras en Colombia (véase: Gaitán: 1972). En principio, nos relata García Márquez (Íbidem: 255-263) que los trabajadores basaban su inconformidad en:

La insalubridad de las viviendas, el engaño de los servicios médicos y la inequidad de las condiciones de trabajo. Afirmaban además que no se les pagaba con dinero en efectivo, sino con vales que solo servían para comprar jamón de Virginia en los comisariatos de la compañía. José Arcadio Segundo fue encarcelado porque reveló que el sistema de los vales era un recurso de la compañía para financiar sus barcos fruteros, que de no haber sido por la mercancía de los comisariatos hubieran tenido que regresar vacios a Nueva Orleáns hasta los puertos de embarque del banano.
           
            Bajo este panorama los sindicatos de trabajadores se accionaron y se armó una gran huelga dejando los cultivos a medias y los obreros ociosos rebosaron los pueblos. Acto seguido el gobierno nacional reacciona y envía al ejército a arremeter contra los trabajadores acusándolos de revoltosos. Es así como por Decreto Nacional, tanto en el Macondo de Cien Años como en la Colombia del mundo real, se da la masacre de las bananeras, donde gran cantidad de trabajadores mueren en manos de la fuerza Armada de su país. En Colombia el gobierno alegaba las acciones de los trabajadores podrían desencadenar una invasión por parte de Estados Unidos, ante lo que Jorge Eliecer Gaitán (1972)  Sugiere que esos mismos fusiles utilizados contra los obreros pudieron usarse para enfrentar al posible enemigo invasor.

            De este modo García Márquez nos ilustra un trozo de la historia de su país natal, pero no solo eso, sino que también nos abre una ventana desde la cual podemos asomarnos y echarle un vistazo a las complejas relaciones que como región durante años hemos sostenido con quien ha fungido como un hermano mayor, (nos referimos a Estados Unidos). 

            Es imposible pensar en las tragedias de Macondo así como en sus progresos sin pasar por aquellos capítulos donde de la llegada de Mr. Herbert y del señor Brown, así como la puesta en marcha de la compañía bananera que aún sin la huelga de trabajadores habría estado condenada a perecer junto a la ciudad, ya que esta sería devastada por el viento y retirada de la memoria de los hombres, cosa que esperamos no sea parte del futuro de nuestra región, ya que si de algo nos ha convencido la historia hispanoamericana es de que las veces que se requieran nos levantaremos de las cenizas y emergeremos triunfantes, creyéndonos invencibles, aunque existan miles más fuertes que nosotros. Al fin y al cabo, ni Cien Años de opresión pueden contra nosotros y en la Gloria se escriben nuestros pasos.


Bibliografía.
           
Gaitan, J. (1972). 1928: la masacre de las bananeras. Bogotá: Ediciones los Comuneros.
García-Márquez. G (1974). Cien Años de Soledad. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
Méndez, J. (2000). ¿Cómo leer a García Márquez?: Una interpretación Sociológica. Editorial d ela Universidad de Puerto Rico.
Otero, M. (2006). Oficina Nº 1. Caracas: Editorial CEC.





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