jueves, 24 de abril de 2014

Hispanoamérica en Cien años de soledad


Autora: Nehomaris Sucre



Para Soriano (1982) La semejanza y el paralelismo de los inicios históricos, la uniformidad lingüística, la continuidad de orden espacial y las tradicionales vinculaciones con España a lo largo de  tres siglos forjaron en la América española un mundo con sus singularidades, no obstante con incuestionables similitudes y con pareja dependencia de la Monarquía católica hasta principios del siglo XIX. A partir de ese momento, al originarse la fractura del Imperio español aquel mundo se fragmentó en múltiples unidades de carácter independiente que han subsistido relativamente apartadas unas de otras, cada una con sus propios problemas a lo interno y de convivencia internacional, sin embargo con parecidos, concordancias y discronismos innegables en su desarrollo político que acarrean naturalmente a la exploración de esquemas y patrones de explicación que puedan ayudarnos a entenderlos en lo fundamental. Para la autora (Ídem) El requerimiento  de ambicionarlo una vez más se hace más evidente por el hecho de que  al presente, desde hace muy pocos años, ha empezado a revelarse una superior presencia de aquellos países en el sobrevenir mundial, un superior interés por las problemáticas que les son comunes y una superior voluntad de aproximación originadas por diferentes sucesos e impulsos que componen una razón anexa para la reflexión sobre el tema.

En tal sentido, en el presente ensayo, se pretende escudriñar características cuasi homogéneas o hechos que podamos percibir como comunes en la región y que se encuentren presentes en  Macondo, el pueblo protagonista de la muy elogiada obra “Cien Años de soledad” de Gabriel García Márquez (1974).

Por lo tanto, no se persigue un ejercicio académicamente rígido, ni mucho menos un estudio exhaustivo del tema, sino un mero momento para pensar y repensar en lo común de algunas prácticas sociales y políticas de la región tomando en cuenta la obra de García Márquez arriba mencionada. 

En tal, nos daremos a la tarea de indagar en “Cien Años de Soledad” algunas coincidencias de su mundo con nuestro mundo hispanoamericano.

En principio los fundadores de Macondo tienen sus encuentros con los gitanos, hombres aparentemente sabios que les llevan inventos. Ahí José Arcadio Buendía conoce a Melquiades y adquiere a través de este dos lingotes imantados, los cuales como el gitano le muestra sirven para atraer objetos metálicos “darles vida”, pero el señor Buendía prefiere usarlo para desentrañar el oro de la tierra, ante lo cual el gitano le advierte: “Para eso no sirve”, sin embargo José Arcadio insistió y durante meses estuvo tratando de desenterrar oro, pero lo único que logró extraer de la tierra fue una armadura del siglo XV oxidada. ¿Acaso no nos parece familiar esta historia?.

Históricamente en la región se han copiado modelos institucionales, ideológicos y teóricos  ajenos y se ha pretendido adaptarlos dándoles un uso distinto al que le dieron las sociedades para la cual fueron concebidos. Como ejemplo de esto podríamos citar paradigmas como el marxismo ortodoxo que pese a que fue pensado tomando en cuenta realidades netamente europeas y sus filósofos jamás mencionaron que nos serviría a nosotros, algunos grupos, sobre todo durante la guerra fría estuvieron empeñados en hacerlo realidad en Hispanoamérica, sin tomar en cuenta  otros factores. También podemos mencionar el paradigma neo-liberal hecho en el exterior e implementado en algunos países de la región y con resultados pocos favorables. Asimismo puede traerse a colación los reiterados intentos de integración al estilo Unión Europea que durante los últimos años se han constituido en una sobre oferta de  proyectos que lejos de acercarnos como región nos han debilitado, haciendo que cada encuentro, sea un proceso desgastante en el que se ofrece mucho y nada se cumple. Al parecer en Hispanoamerica nos agrada usar cosas ajenas en tareas en para las cuales no las emplean los ajenos. Peor aún, tal cual los habitantes de Macondo nos agrada adquirir artilugios foráneos sencillos, creyendo que con ellos podremos hacer más de lo que en realidad se puede y dejando de darle uso al potencial creador que como región guardamos. 

En tal dirección, como señala Soriano (1982) disímiles desarrollos históricos singulares que se han llevado a cabo en el planeta no han reproducido ni reproducen escrupulosamente el orden de un patrón indivisible dando terreno a desarrollos subsecuentes, semejantes o idénticos. La historia universal ha sido, por el contrario, un compuesto heterogéneo en el que cada cultura ha poseído, en su momento, sus propias expresiones en el tiempo y en el espacio en virtud de condicionamientos y determinantes de cualquier tipo (geográficos, demográficos, políticos, etc.); en la medida en que los acontecimientos precisos de expansión de cada una de esas unidades históricas ha acarreado a escenarios estructuralmente parecidos, ha sido viable la llegada de realidades comparables o paralelas reveladoras de la semejanza de respuesta que la categoría humana estampa a la solución de los problemas que se le proyectan; en la medida en que las necesidades lo han requerido, las ambiciones lo han incitado y la posibilidad de la comunicación lo ha hecho factible, se originado la difusión de productos culturales y de reacciones  históricas muy diversas que han logrado formar una densa y compleja malla relacionante y estructuradora de los diferentes sujetos histórico-culturales en el espacio y en el tiempo.

Asimismo, en el Macondo de García Márquez se da la necesidad del hombre líder, del patriarca, que en Hispanoamérica también se ha producido y nos ha conducido a la presencia de diversos caudillos a lo largo y ancho de la región. García-Márquez (1974) cuenta que: 

Al principio, José Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza… era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto. Desde los tiempos de la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no sólo la propia casa, sino todas las de la aldea.
            De esta forma, podemos aprecia en José Arcadio Buendía al hombre líder que tanto ansían las masas en la región, pues se trata de un hombre que dirige y que lleva sobre sus hombros la responsabilidad que debería ir en el hombro de todos los ciudadanos y ciudadanas junto a sus instituciones, de forma tal que ante la ausencia de instituciones o la debilidad de las mismas es el hombre líder quien instaura el orden dentro de su localidad  y así se ahorran el trabajo de tener que organizarse institucionalmente con todo los costos que esto trae. A lo largo de la novela se va creando la estructura institucional, sin embargo siempre hay un hombre (militar, Presidente, alcalde, etc.) o un grupo de hombres que llevan en sus manos el poder decisorio dado la poca fortaleza del entramado organizativo. 

            También la imagen de la mujer hispanoamericana se ve reflejada en parte en el personaje de Úrsula, de quien el autor (Ídem) escribe:

La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca. (Destacado nuestro).

            En fácil observar en las líneas precedentes la imagen que desde el machismo se ha construido sobre el rol de la mujer virtuosa en la sociedad hispanoamericana, sociedad que se ha caracterizado por dejar en la mujer la responsabilidad del hogar en tanto que al hombre le corresponde lo que esta fuera de la casa, incluyendo los asuntos de dirección política. Por esta razón en lo que va de historia en Hispanoamérica encontramos caudillos masculinos, pero nunca una mujer caudillo. 

            Asimismo a lo largo de la novela se deja ver que la mujer es quien debe encargarse de la crianza de los niños, aunque el marido puede dirigir en ocasiones esta labor. ¿Esto acaso no se parece a la ausencia de compañía paterna que se hace casi genérica en las familias de la región?.

            También es evidente en la novela la similitud de Macondo con Hispanoamérica en cuanto a vínculos de esta con Estados Unidos y se ve claramente reflejado en los capítulos en los cuales se da origen, se desarrolla y entra en crisis la compañía bananera de capital norteamericano. 

            En principio llega a Macondo Mr. Herbert un hombre dedicado al negocio de los globos cautivos,  quien luego de que fracasara su empresa en el pueblo hace un gran descubrimiento: las bananas, de ahí en adelante se dedica dirigir las cosechas de bananas a través de la compañía que funda.

            En “Cien años de Soledad” se aprecian a norteamericanos astutos para los negocios quienes logran aprovechar mejor que los propios lugareños los recursos que ofrece la tierra de Macondo, particularmente en cuanto al cultivo de bananos. 

            Esto nos recuerda a una Hispanoamérica que muchas veces se ha mostrado con poca capacidad para crear riquezas a partir de las potencialidades que posee y que finalmente han sido “mejor” aprovechadas por su vecino del norte.

            También se entrevén en la novela las diferencias de carácter religioso que se aprecian en la región, aún a pesar de que se posee la misma creencia religiosa predominante: el catolicismo. De esta forma encontramos por un lado a Fernanda del Carpio quien al parecer creció en un pueblo con mayor presencia de la iglesia católica (recordemos que en algunas partes de Hispanoamérica en su génesis se hallaban arzobispados, en tanto que en otras solo existían pequeñas diócesis), por lo  tanto este personaje suele ser pudoroso, al punto de que en ningún momento de su vida se desviste, además es muy dada a las tradiciones católicas. En otro extremo se encuentra Amaranta Buendía que si bien viste santos y cree en Dios desde la óptica católica, por haberse criado en Macondo, donde a duras penas hay un cura de pueblo, suele ser una mujer más flexible en cuanto a costumbres, a quien se le pueden escapar groserías sin temor a caer en el infierno por esto y además inclusive llega al extremo de enamorarse de su propio sobrino, cosa impensable para Fernanda del Carpio. 

De este modo “Cien Años de Soledad” se muestra como un retrato de Hispanoamérica con sus complejidades y potencialidades. Asimismo  podemos citarla como un autentico producto cultural y también como una distopía que quizá pretendió  configurarse como el preludio de la desaparición de nuestra sociedad con sus problemas y perversiones, puesto que como dijo su autor (García, 1974)  las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.


Bibliografía.
García-Márquez. G (1974). Cien Años de Soledad. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
G Soriano - Revista de estudios políticos, 1982 - dialnet.unirioja.es

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