jueves, 24 de abril de 2014

1984, del film a la realidad.




Autora: Nehomaris Sucre



Para David Clements (Clements citado por Ortega, S/f: 171 pp.) “una distopía es una sociedad imaginaria, que desde nuestro tiempo, perfila una sociedad en la cual la mayoría de nosotros temería vivir”.  En tal sentido, una sociedad distópica ha de caracterizarse por la presencia de elementos que desde nuestra valoración actual parezcan poco agradables al punto de causar temor. 

En palabras de Ortega (S/F: 170 pp.) la distopía continúa disponiendo de un fuerte atractivo  sobre nosotros ya que está constituida y sustentada por los miedos humanos. Según el autor (ídem) “pareciera que en cada generación, se vive una propia contingencia histórica cuyos propios avances y adelantos ilumina al filósofo, al teórico, al científico social, al perfilador político  o al escritor para que luego estos hagan un boceto nuestros sueños, desde sus disciplinas”. 

Para el ser humano la auto-exploración de sus miedos ha resultado históricamente atractiva, razón que ha originado numerosas  obras basadas en esa temática dentro la literatura y el cine (entre otros artes), con los matices propios de cada época. 

Es así como el legendario filme 1984 (1984, Michael Radford) caló en su época (y continúa calando en la nuestra) como la expresión de los miedos de una sociedad ante la posibilidad de instauración de  regímenes totalitarios en el mundo al estilo del nazismo y fascismo que tanto aquejaron a Europa, y que se ve retratado en la novela de George Orwell en la cual  se basa el filme, obra literaria que logra a tiempo real describir los temores de la sociedad en la fue concebida. 

1984 figura como la manifestación de uno de los pavores más latentes en la humanidad: el miedo a perder la libertad y aceptar la condición de esclavitud a un sistema como natural y conveniente. El lavado de cerebro y la carencia de espacio y tiempo no sólo para la recreación sino también para el desarrollo del pensamiento crítico son algunas de las principales aristas de la trama. 

No obstante, los miedos descritos en la película parecieran no partir de situaciones ficticias sino del día de nuestra realidad y de asuntos que parecieran corresponder con nuestro presente, de modo que el estar constantemente monitoreado  por una pantalla no sólo es un problema de Winston Smith y de los demás pobladores de Oceanía, sino también de los usuarios de internet de nuestro tiempo, quienes a diario por una u otra razón se ven atraídos a rendirle cuenta de su día a día, de lo que piensan y hacen a lo que podría considerarse una gran base de datos cómo lo es el facebook, sin saber a ciencia cierta quién es la élite que se oculta tras el  “Sr. Cara de Libro” y qué provecho puede sacarle a toda la información que se le proporciona. Posiblemente los secretos para un eficiente lavado de cerebro poco a poco lo hemos ido revelando de forma inconsciente por medio de las redes sociales y a  futuro un gran monstruo digital podrá decirnos qué pensar y cómo pensarlo con todos los datos estadísticos que le hemos suministrado. 

Pero, no sólo el estar vigilados de forma permanente converge con nuestra realidad actual, también existen  otros elementos como la ausencia de tiempo libre que hace concordar ambos mundo –el real y el ficticio-  y al respecto Silva (2009: 97 pp.) afirma en una descripción de la sociedad venezolana de los 70` que  “el tiempo libre del que socialmente se dispone no es un verdadero tiempo libre, sino tiempo de trabajo psíquico para el sistema, cuyos medios de comunicación y propaganda utilizan todo ese tiempo libre para el esclavizamiento ideológico”, al parecer en este punto y bajo esta perspectiva coincide nuestra sociedad en la época que analiza Silva y la sociedad ficticia de 1984.

Existen otros ingredientes que hacen de algunas facetas de nuestro mundo una versión de la Oceanía del filme, en tal sentido podemos citar la arquitectura sombría y la ciudad en ruinas, que muchas veces no parece ajena a nosotros. También el esfuerzo por parte del régimen totalitario para que la población olvide su pasado histórico parece familiar a nuestros días, o acaso ¿no es común ver que algunos gobiernos manipulen la historia patria para su beneficio?.

En lo tocante al tema de la sexualidad en el filme –cuestión que a mi juicio es de las más trascendentales dentro de la película- puede observarse como es constante en los protagonistas el miedo a que fuesen descubiertos sus vínculos sexuales, asunto que obedece la “conciencia” de los mismos sobre el castigo que acarrea para los habitantes de Oceanía el sexo, ya que se les estaba prohibido a los ciudadanos no miembros de la élite el disfrute de este placer humano. Sin embargo, la opresión sexual también está vigente en nuestra realidad, de modo que, por ejemplo, son condenados en muchas culturas los seres humanos tengan coito con los de su mismo sexo, es decir, existe ya quién imponga para quiénes es el sexo y para quiénes no, siendo algunas prácticas castigadas moralmente por la sociedad y otras penalmente por el Estado. 

Indudablemente vivimos en el siglo de los miedos, de la incertidumbre que se pasea entre la probabilidad de un mejor futuro y la posibilidad de un mañana tenebroso, repleto de totalitarismo, de ruinas urbanas, de poco espacio para ser y sentir, de tiempo total al servicio de nuestros opresores y en fin, un futuro en el que se nos condene por tener las cualidades y deseos propios de nuestra condición humana. 
En esa dirección, 1984 es una suerte de hipérbole descriptiva de nuestro mundo, donde los buenos al final no pueden librarse del sistema.  


Bibliografía.
Ortega,J. (S/f). Utopías negativas y cinematografía contemporánea: del infierno post-industrial a la prisión del ADN. 
Silva, L. (2009 a). El sueño Insomne. Caracas: Fundación Editorial el perro y la rana.

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