sábado, 4 de diciembre de 2010

Del mito del progreso.



Por: Maoly Morales

La modernidad, tiempo histórico que desplaza el dominio del dogma cristiano católico sobre el mundo, para imponer en su lugar la noble idea de que la humanidad debe girar en torno al desarrollo y el progreso… El punto de salida: la ilustración, movimiento europeo que rompe con los paradigmas ortodoxos de la religión, en los cuales la vida del hombre gira en torno a un Omnipresente, Todopoderoso e implacable Dios, del cual nadie podrá salvarse y todos debían obedecer; aunque fuese un desconocido e incluso, cuando sus principales representantes en la Tierra fueran mayormente: cúpulas eclesiásticas corruptas, elitistas y viciadas. La ilustración se rebela contra este orden de cosas y ofrece una nueva propuesta: el centro de la vida del hombre debe ser precisamente el hombre mismo, un ser mucho más accesible y hasta ahora marginado, poco conocido pero aún posible de descubrir a través del dominio de lo que en siglos sucesivos será una nueva y más imponente doctrina que la religión, la ciencia…

La ilustración fue propia de la burguesía, clase social naciente, que empezaba a transformar a la sociedad no solo materialmente, sino también social y políticamente. Con la ilustración, Los hombres dejaron de preocuparse por el reino de los cielos y empezaron a preguntarse por las dimensiones de la tierra, la composición de la naturaleza, el alcance de la medicina, la evolución de las especies, la historia universal, todo desde entonces dejo de regirse por la voluntad divina y empezó a regirse por la RAZÓN…

La razón y la ciencia tomaron a la humanidad por sorpresa, de la mano de la burguesía el mundo fue partícipe de la revolución industrial, francesa, norteamericana, en fin la humanidad caminaba entre saltos y asaltos a una nueva época, la modernidad. Y la modernidad nos prometió tanto: el humanismo, la libertad, la fraternidad, la igualdad, el dominio de lanaturaleza, del mundo, del universo, el fin de las enfermedades, la comprensión del ser, la felicidad… Todo esto fruto del dominio de la razón, el avance de la ciencia, el desarrollo y el progreso.

Lo curioso es que todas esas promesas, siguen ondeando hoy en el siglo XXI a pesar del fracaso del modelo civilizatorio propuesto por la modernidad; el capitalismo. A pesar de las múltiples crisis que genera a nivel mundial, la humanidad sigue persiguiendo sin cuestionar las deliciosas promesas del desarrollo y el progreso. La realidad es otra.

El desarrollo que ha planteado la modernidad es una farsa, un chantaje, un imposible y peor aún es un suicidio para la especie humana, el desarrollo que se nos ofrece a los pueblos “atrasados” el sueño de un mayor consumo de bienes y servicios, similar, igual o aún mayor que el de los países desarrollados; va en contra de la más ligera lógica de la naturaleza y la supervivencia humana. Para clarificar esta posición podemos empezar con cifras de países desarrollados como EEUU. Este paraíso del desarrollo es el país que más consume energía eléctrica por año y junto con los otros 4 países más desarrollados consumen la mitad de la energía eléctrica que se produce en el mundo anualmente, si acudimos a la ciencia encontramos que los recursos no son renovables y si nos aconseja la razón, está nos dice inmediatamente que este país está acabando con una inmensa cantidad de recursos a una velocidad aterradora; peor aún: nos venden que si alcanzamos el desarrollo podremos consumir de esa forma e incluso cada día consumir más, una mentira casi del tamaño del consumo de estos países.

Esta realidad es un sin sentido, es una mentira de dos caras; la verdad de un lado es que el capitalismo trae consigo inherente la existencia de un desarrollo desigual entre los países que conforman el sistema, ¿por qué? Porque la acumulación originaria de capital por las grandes potencias, se concreto a través del control político y económico de los países colonizados y que apenas alcanzaban la independencia, los cuales contaban con enormes cantidades de recursos económicos; esta situación genero una relación de dependencia en la cual, unos países alcanzan el desarrollo a costa de otros. Es simple, las potencias dueñas del capital y la tecnología extraen de la periferia “atrasada” materias primas y mano de obra barata lo que permite a estas potencias, aumentar su ganancia, su capital y su poder sobre la periferia, mientras que esta última, está destinada a trabajar al servicio del capital extranjero, a vivir en la miseria y la explotación perpetua de sus recursos para sobrevivir. El funcionamiento del capitalismo se resume en que, para que exista abundancia y desarrollo en una parte del mundo, debe haber miseria y atraso en la otra.

El otro lado de la verdad es que si los países en vías de desarrollo pudiesen imitar el patrón de consumo de los países desarrollados a cabalidad, acabaríamos muy pronto con los recursos naturales que necesita nuestra especie para sobrevivir. El planeta tierra posee recursos finitos, y el ritmo acelerado de consumo enfrenta a la humanidad, con su propia destrucción.

La modernidad nos ha chantajeado por varios siglos, es hora de que los pueblos oprimidos comiencen a cuestionar -como hizo la burguesía frente al dogma supuestamente inexpugnable de la Iglesia-, comencemos a cuestionar los paradigmas que sustentan a la modernidad y comprenderemos que se tratan de nuevos dogmas que nos han vendido como eternos, naturales y universales cuando en realidad son herramientas de la clase dominante de la modernidad, la burguesía, para adoctrinarnos, para chantajearnos con un futuro mejor que jamás llegará.

La realidad es que nuestros países luego de haber transitado varios siglos por la modernidad, siguen en “vías de desarrollo”, una utopía que se ha convertido en agonía… En la expresión se evidencia la carnada que los países del sur debemos soltar de una vez y para siempre, somos nosotros luego del fracaso de la modernidad quienes estamos llamados a construir nuevas
expectativas lógicas, realizables y responsables con la supervivencia de la raza humana.

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